El pecado capital de la traición
- IBREI

- 5 mar
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*Artículo publicado en Diário de São Paulo el 26/05/2021

Neste día 30 de mayo, habrán pasado 590 años desde que la joven francesa, Juana de Arco, actual Santa Patrona de Francia, fue quemada en plaza pública, bajo la acusación de herejía y brujería. A pesar de su corta edad, Juana de Arco tuvo un papel esencial en la Guerra de los Cien Años, garantizando a Francia substanciales victorias. Juana era fruto de su tiempo, un período tumultuoso de la historia francesa, resultante del fallecimiento del rey Carlos IV, que no dejó herederos, lo que generó un impasse político, disputa de territorios y guerras continuas.
Al recibir mensajes divinos, Juana, una joven analfabeta, logró una audiencia con el Rey Carlos VII, quien creyó en sus palabras y le dio autorización para liderar una parte del ejército en guerra. Se trata de uno de los grandes misterios de la historia. Y así fue: ella lideró el ejército en batallas, logró victorias y creó un legado en la historia. Sus victorias llevaron a los ingleses a la creencia de que Juana practicaba brujería. Después de todo, ¿cómo podría la Divina Providencia actuar en contra de los intereses ingleses?
La triste realidad, sin embargo, es que Juana de Arco fue traicionada y vendida a los ingleses, quienes, en conjunto con líderes eclesiásticos franceses, la juzgaron como hereje, bruja y endemoniada, entre otras acusaciones. El rey, gran beneficiario de las victorias de Juana de Arco, nada hizo para liberarla de la sentencia de muerte. Y así, en aquel fatídico 30 de mayo de 1431, Juana fue quemada bajo los gritos de bruja, mentirosa y blasfema. Aun así, hasta sus últimos momentos, la joven de 19 años se mantuvo firme en su dedicación a la fe, a Francia y a sus principios, rasgos importantes de una verdadera servidora pública.
La historia de Juana de Arco no es la primera de traición en la política. Desde Bruto, que apuñaló a Julio César en Roma, hasta Judas, que vendió a Cristo, la traición ha sido una constante en la historia de la humanidad. Tal vez en la lista de los Siete Pecados Capitales – avaricia, gula, envidia, ira, lujuria, pereza y soberbia – deba añadirse un octavo, que es el de la traición.
Se observa que, cada vez más, la traición se ha convertido en parte de la vida cotidiana de los países, particularmente en la vida política. En este sentido, la mayor de todas las traiciones tiene que ver con las promesas electorales en las que quien pretende ser elegido ofrece al elector un océano de posibilidades irrealizables, por falta de consistencia o mala fe. Y así, el elegido, en lugar de honrar la promesa sagrada del voto, sacrifica al elector según su propia conveniencia y ganancia. El resultado es que, cada vez más, se confía menos en la clase política. Y el elector es conducido a la hoguera, que destruye sus sueños, deseos y perspectivas. Es en este momento que el elector pasa a creer que la única salida para el país es el aeropuerto.
La traición también es uno de los motivos por los cuales la vida política tiene dificultad para atraer talentos. La posibilidad de ver la reputación construida a lo largo de años de incansable dedicación destruida en un tiempo relativamente corto es una preocupación real. Esto es particularmente doloroso cuando se observa que gran parte de esa destrucción proviene del llamado fuego amigo. La realidad es que una de las cosas más esperadas en la vida pública es la traición: del elegido al elector, del detentor del poder al nombrado por él. Sin embargo, la historia también enseña que los nombres de los traidores son poco recordados. Lo que permanece es el legado de aquellos que se dedicaron efectivamente a una causa y hicieron de esta su razón de vida.
Es por esta razón que el legado político debe construirse con base en la sólida fidelidad a la reputación. Quien no se preocupa por la reputación – pese a las fallas que todos tenemos, en razón de nuestra humanidad – corre el riesgo de ser rotulado como un traidor. Y no existe mayor traición que aquella que ocurre en relación con los propios principios y la propia historia. ¿Estaremos traicionando a las futuras generaciones al dejar un legado embarazoso basado en nuestras decisiones electorales?
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Marcus Vinicius: Conselheiro Consultivo del Instituto Brasileiro de Desenvolvimento de Relações Empresariais Internacionais y profesor visitante en la China Foreign Affairs University

































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