Marcus Vinicius de Freitas: ¿Qué domina el mundo?
- IBREI

- hace 1 día
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En 1865, el estadounidense William Ross Wallace creó un estribillo que se convirtió en un proverbio, enfatizando la fuerza de la maternidad: “Porque la mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo”. Wallace comprendía que los rumbos de una sociedad se determinan dentro de las paredes del hogar.
El Día de las Madres fue creado por Ann Jarvis, quien, dos años después del fallecimiento de su madre, inició la campaña para el reconocimiento de la fecha, el 12 de mayo de 1907. En Brasil, la celebración llegó algunos años después, en 1932, cuando Getúlio Vargas reconoció el importante papel de las mujeres en la sociedad, el mismo año en que conquistaron el derecho al voto en el país.
Al acercarnos al Día de las Madres, conviene recordar la importancia de la evolución de la condición de la mujer en los dos últimos siglos. De casi ser considerada una propiedad a alcanzar la independencia, no hay duda de que aún queda mucho por mejorar. Existen temas importantes por implementar, como la igualdad salarial, la doble o triple jornada laboral que enfrentan muchas mujeres y la valorización de la maternidad como el mayor bien en la vida de una nación.
Muchas cosas han cambiado. A comienzos del siglo XX, las mujeres no votaban y muy pocas ejercían actividades profesionales. Además, la jefatura familiar recaía exclusivamente en el hombre, quien, en defensa de su honor y de este poder, podía cometer —y cometió innumerables veces— abusos sin precedentes. La violencia doméstica, todavía muy presente en nuestros días, es un cáncer social que debe ser erradicado, como se evidenció durante la pandemia. Jimmy Carter, expresidente de los Estados Unidos, reconoció este enorme desafío al afirmar que “el abuso contra mujeres y niñas constituye la violación de derechos humanos más extendida e ignorada en el mundo”. Mientras esta cuestión no se resuelva, la humanidad seguirá siendo rehén de esta tragedia.
La igualdad en el trato entre los géneros es fundamental para el equilibrio de la sociedad. Los papeles pueden ser —y son— diferentes. Sin embargo, es importante destacar que ninguno es superior. Es interesante notar, por ejemplo, que el cristianismo prepaulino elevó a la mujer a una condición de igualdad con el hombre, asegurándole un papel relevante como principal testigo de la resurrección de Cristo, rasgo fundamental y distintivo de esta religión.
La construcción de una sociedad se da en el hogar. Allí, en medio de las tensiones recurrentes de la vida familiar, se construyen las primeras experiencias de convivencia social, armonía y civismo. Delegar la educación y la civilidad, que se construyen en el ámbito familiar, a instituciones como escuelas o iglesias constituye uno de los grandes errores de la sociedad occidental. Al fin y al cabo, ningún profesor ni líder religioso podrá sustituir a las figuras familiares. La mejora de la condición profesional y educativa de la mujer es esencial para la construcción de una nación fuerte.
Después de todo, el perfeccionamiento de la igualdad entre los sexos es fundamental para la evolución de cualquier nación.
El 28 de marzo de 2020 me despedí, por última vez, de mi madre, Maria Aparecida dos Anjos (Dona Cida), en una agradable tarde de finales de verano. Fui privilegiado por el sentido del deber de una buena madre en la conducción de las enseñanzas de sus hijos. No siempre las sigo, pero cabe enfatizar que fue en el hogar donde se dio el aprendizaje. Lo demás que la sociedad ofreció fue solamente la cereza del pastel.
Proteger la maternidad es garantizar un futuro global mejor. Cuando nace un niño, también nace una nueva criatura —la madre— cuya misión será nutrir, educar y preparar a ese individuo para los desafíos de la vida. Se trata de una tarea hercúlea que muchas veces se enfrenta acompañada y muchas otras en soledad. Por esa razón, las políticas públicas deben facilitar al máximo el ejercicio de la maternidad. Criar a un niño requiere la cooperación de toda la sociedad.
A medida que el mundo atraviesa nuevas transiciones, pandemias y turbulencias, el respeto a la maternidad debe enfatizarse para el perfeccionamiento global. Al fin y al cabo, “la mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo”. Si queremos mejorar el mundo, es hora de revisar nuestros valores.
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Marcus Vinicius: Conselheiro Consultivo do IBREI e professor visitante na Universidade de Relações Internacionais da China



































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